Como todos ustedes saben, Natalia Litvinova nació en Gómel, Belarús. Su lengua materna es, por supuesto, el ruso. A los diez años se trasladó con su familia a la Argentina y adoptó el español como lengua madrastra, en la que hoy escribe. Así, se inserta en una tradición, especialmente fructífera en el siglo XX, a la que pertenecen, entre otros, Franz Kafka, Samuel Beckett, Paul Celan, y en cierta medida sus compatriotas Vladimir Nabokov y Joseph Brodsky.
La poesía de Natalia podría leerse como un intento por apropiarse del espacio, a priori vacío, que representa esta segunda lengua. Eso señala, creo yo, el título del libro, en dos aspectos a la vez: por un lado, la estepa remite a ese vacío originario de la lengua española; por el otro, su calidad de esteparia indica, de alguna manera, su condición de paria frente a una lengua que no le pertenece del todo.
Así, la poesía de Natalia busca poblar este terreno inicialmente inhóspito. Se trata de una poesía de la fertilidad, que crea, en esa ardua geografía de la lengua prestada, un mundo con su flora (toda clase de flores, árboles y frutos maravillosos), su fauna (pájaros numerosos, animales en bruto, y sobre todo lobos), sus fenómenos meteorológicos (la lluvia, pero muy especialmente la nieve) y sus cuerpos celestes (la luna y las estrellas): el lenguaje, vivido en su pura materialidad, se convierte en una serie de fotografías pegadas a la pupila, que no se ven, pero existen, en palabras de la autora.
Sin embargo, la poesía de Natalia ofrece, como si debiera entregar una ofrenda a cambio de su apropiación, un acto altruista de expropiación de sí, por medio del cual la poeta nos regala su historia familiar y su propio cuerpo: escribir se ha vuelto / un acto de expropiación: / regalar envueltos / en nieve y catedrales / mis huesos.
Cuando conocí a Natalia, me contó una anécdota que me conmovió: cuando estaba en la escuela, en Rusia, participó de un certamen de recitado de poesía. Para vencer su timidez de entonces, Natalia se preparó a conciencia, con ayuda de su madre, ella misma devota de la poesía. Si bien su desempeño fue, según cuenta Natalia, satisfactorio, los honores fueron a parar al peor alumno de la escuela, una especie de bravucón que solía hostigar a sus compañeros, la autora incluida; luego de escucharlo, todos quedaron sorprendidos con su sentida performance.
Paradójicamente, la poesía de Natalia asume hoy el coraje de ese niño: en una época en que la lírica suele renegar de toda posibilidad de trascendencia, sus versos nos recuerdan la fuerza creadora del lenguaje, en toda su poderosa materialidad.
Ezequiel Zaidenwerg
Un poema de Esteparia: