Las pestañas de mi madre hacia el cielo.
Detrás de su espalda, la hierba embebida de sol, a punto de caer el pino.
Mi padre se pone su gorro, entorna los ojos, abre la puerta,
entra en la nieve y todos los días no regresa blanco.
Desde entonces no hago poemas,
sólo invierto nombres.
voy arando campos para desentrenar
a los soldados de mi guerra.





6 comentarios:
me gustó tu sutileza. Saludos!
Hermoso texto. Muchas guerras traslucen en él. Aunque no hagas poemas desde entonces sigue desentrenando soldados.
Saludos,
Leonardo
un excelente poema
saludos
Liliana
Hermosa la poesía!. Te felicito también por el libro que entiendo sacaste.
Sdos.
Ezequiel
www.unarazonparavivir.com.ar
Gracias,
si Ezequiel,
gran abrazo
Tu guerra, la hacemos nuestra, cuando la leemos.
Publicar un comentario